Levántense. Mírense al espejo y acudan a ver la exposición retrospectiva de Juan Muñoz en el Museo Reina Sofía. ¿No han tenido bastante? Vuelvan otra vez. El Reina Sofía acoge hasta el 31 de agosto la gran exposición sobre la obra del artista madrileño Juan Muñoz, fallecido en 2001, y que supone el fin de la itinerancia de una exposición que ya se pudo disfrutar en Londres, Bilbao y Oporto. Todos se congratulan de que la itinerancia acabe precisamente en la ciudad natal del artista (Madrid, 1953). Se pierde, quizá, la oportunidad de enseñar en América y Asia la obra de uno de los artistas más singulares del último tercio del siglo XX.
Sobre la comunicación
La exposición, que se presenta en varios espacios dentro de las dependencias del museo, invadiéndolo en cierta manera, no presenta un recorrido temático ni cronológico, sino que las obras se han montado aprovechando los rincones del museo que mejor podían adaptarse a ellas. La comunicación es, sin embargo, el eje principal sobre el que gira la misma, pues fue este eje el que sostuvo la obra más significativa de Juan Muñoz. Así, piezas que giran en torno a la conversación o a la ausencia de ella, como Figuras sentadas con cinco tambores (1996) que presenta una animada tertulia silenciosa y ciega; Figura escuchando (1991), la cual escucha (o lo intenta) a través de la pared; Sombra y Boca (1996), que son dos personajes hablando para sí; Hacia la Sombra (1998), figura que dialoga con su propia sombra en un montaje sorprendente y emotivo; o Dos sentados sobre el muro (2000), animada y risueña conversación en la que el artista muestra el sonido, en forma de cadena de pequeños hombrecitos, que viaja de la boca de uno a la oreja del otro.
Otro camino, menos evidente, sobre el mismo tema queda reflejado en varias piezas fundamentales dentro de la muestra. Hanging figures (2001), son dos figuras que cuelgan ahorcadas por su lengua. Fue una de sus últimas piezas. Many times (1999), es una pieza constituida por un centenar de esculturas de figura humana que ríen con unos caracteres faciales similares, de corte asiático, pero que presentan posturas distintas entre sí. Un paseo por entre esas figuras hacen verdad el sueño de Juan Muñoz, cuando afirmaba: “Me gustaría que el espectador pudiera entrar en la obra de arte como un actor entra en su propia escena… Me gustaría que quien acude a una exposición, ya sea en un museo o en una galería, se comportara como lo haría un actor, un actor inmóvil”. Chica con cesta (1996), representa una joven cuya cabeza y brazos se encuentran embutidos en una cesta de mimbre.
Por último se encuentran las figuras que semejan tentetiesos, cuya incomunicación viene determinada por el peso de su propio ser concentrado en una gran bola de cintura para abajo que sustituye a las piernas. Así es Escena de conversación (1994), 21 figuras que, estáticas, conversan ancladas en su peso sobre la terraza del tercer piso del Edificio Sabatini.
Sobre el intersticio
Un segundo eje de la exposición sería la búsqueda del intersticio narrativo, del hueco vacío, del no lugar. Aquí entran en juego dos o tres elementos. En primer lugar, el diálogo que Juan Muñoz establece con algunos clásicos como Velázquez, al presentar figuras enanas (ya sea sobre pedestal o reforzadas en su pequeñez rodeadas de otros elementos), constituye un intersticio temporal, un hueco sin posible relleno. Así, son seres “con diferencia” George (1989/1994), Sara con mesa de billar (1996), El apuntador (1988), o Ventrílocuo mirando un doble interior (1988/2000), muñeco de boca articulada, recurso que utilizaría el artista en otras ocasiones. El segundo intersticio lo llevamos todos dentro y se refleja, nunca mejor dicho, en el uso del espejo en las obras de Muñoz. Aquí se presenta otra vez Sara en Sara frente al espejo (1996), y otras figuras que se buscan más allá de lo posible. El camino corto o largo que recorre una conversación es un intersticio que inunda la obra de Muñoz por completo y que hace que, tanto sus obras más narrativas como las más conceptuales, sean un intersticio en sí mismo. Así las tres Vitrinas cruce de caminos (1991). Así Doble contraventana (1991). Así Primer pasamanos (1987). Así Balcones opuestos (1991). Así Ascensor (1996)…
El artista
“El cruce de caminos entre teatro, literatura, ilusionismo, objeto y concepto es lo que hace de Juan Muñoz uno de los grandes artistas de su generación”, afirmó Manuel Borja-Villel en la presentación de la exposición. A Juan Muñoz se le podría considerar ante todo un narrador: “Creo que la radio es, en cierto modo, el medio de comunicación más vanguardista que conozco, porque obliga al oyente a imaginarse el mundo que hay fuera, más allá de la obra. De alguna manera, la radio es el territorio de la imaginación” escribía él mismo en 1993. Desde 1984, año en que expone por primera vez en la Galería Vijande de Madrid, Muñoz tiene una evolución hacia el humanismo literario, escenográficamente teatral, visualmente mágico. Cultivó, además de la escultura, la performance y el arte sonoro. Las referencias a su cultura más local y cotidiana mezcladas con cierto aire cosmopolita hacen su lenguaje singular. Por ejemplo, la máscara que se podría identificar con la de la Comedia del arte, puede aparecer junto a otras obras como Esperando a Jerry (1991), una pieza espacial y sonora que hace referencia a la serie de dibujos animados Tom y Jerry. Descarrilamiento (2001), otra de sus últimas piezas, parece extraída directamente de un diario. Escritor de cierta producción, el Museo Reina Sofía prepara una edición que recopila los textos de Juan Muñoz.
La exposición
La exposición es posible gracias al patrocinio de la Fundación Banco Santander y es el final de la itinerancia que la ha llevado por la Tate Modern de Londres (organizadora de la misma junto a SEACEX), y el Museo Guggenhein de Bilbao. Magníficamente adaptada al espacio, ocupa principalmente las salas del tercer piso del Edificio Sabatini. No obstante, con acierto, el Reina Sofía ha sembrado de la obra de Juan Muñoz algunas estancias especiales, como son la Sala de Protocolo, algún pasillo, el patio y los 400 metros cuadrados de la terraza del antiguo hospital. Un gozo para ser visitado hasta el 31 de agosto los días del azulado cielo madrileño. Viendo ese cielo creció Juan Muñoz como ser humano y como artista. La escultora Cristina Iglesias, que ha colaborado con las comisarias Lynne Cooke y Sheena Wagstaff en la puesta en marcha de esta exposición, afirmó: “Creo que Juan estaría contento”.