En el Centro de Arte Contemporáneo de Caja de Burgos se exhibe una etapa más del proyecto in situ "cuatro paredes": sobre cuatro paredes montadas en el medio del espacio expositivo Gabriel Kondratiuk (Argentina, 1969) ha desarrollado uno de sus paisajes más singulares.
El artista patagónico ya había trabajado anteriormente con formas arquetípicas de la naturaleza que hasta ahora se repetían de manera intermitente de una u otra forma en sus paisajes sobre lienzo. Entre ellos se puede subrayar la flor amarilla - quizás reminiscencia de la "flor azul", símbolo central del romanticismo, que representaba la unión de la naturaleza con el espíritu humano y, consecuentemente, el anhelo del conocimiento humano. También son de particular interés las líneas sinuosas de los últimos lienzos que al comienzo representaban el "panta rei", el "todo fluye", y como Heráclito Kondratiuk utiliza la metáfora del río adentro de un paisaje tanto inmóvil, como sombrío. Sin embargo las líneas empiezan a fluir por todo el paisaje uniendo los diversos elementos pictóricos.
En el Centro de Arte Contemporáneo de Burgos, el pintor argentino desvela los lados más ascéticos del paisaje: los colores se reducen a tonalidades celestes muy plácidas, las pinceladas son amplias, seguras y casi monótonas, los elementos han retrocedido ante la presencia del color y a duras penas se pueden vislumbrar. El agua tan movida en sus pinturas anteriores se ha quedado completamente helada, firme - un ser parmenídeo que impregna toda la naturaleza.
Es entonces que el paisaje se me manifiesta como invernal - sobrio y solemne como una pintura de Caspar David Friedrich. El silencio de la nieve abarca las cuatro paredes: la gradual abstracción de los elementos parece congelar el pensamiento y logra una paz libertadora en la que germina la creatividad artística. Esta se reitera a través el elemento de la carpa, instrumento del caminante (en inglés: "the wanderer"), que confiere también el título a la exposición. Son paisajes entrevistos y añorados desde los autobuses que rumbo a Patagonia dejan imaginar la sensación de amena soledad en un paisaje con vida propia. En estas carpas el caminante, el artista, se aisla, se convierte en paisaje, se nutre de él y vive con él.