En un salón con los retratos de Ana Rosenzweig
Si pudiera yo lanzar una flecha o un pedazo de barro o un amasijo de óxidos, ¿adónde arrojaría este gesto de estupor o deseo que me sale de la cara y empieza a darme vueltas, traza órbitas mínimas alrededor de mi cabeza -sol equívoco, sol apagado y soñoliento- y resplandece con una sorda luz de microcosmos, de rizoma. Rostros, caras borrosas o caras imborrables: materia de mi obsesión, de mis torcidos sueños, de mis pesadillas tentaculares.
Ayer salí a la calle para ver lo que la intemperie abriga, envuelve, circunda y protege con su juego de climas y transparencias. No conseguí ver nada. Volví a mi encierro suntuoso y a mis retratos de no sé quiénes.
Se lo he preguntado a los libros y a la noche profunda y leve: ¿quiénes son estas personas cuyas cabezas y facciones he sido capaz de crear o recrear? ¿Cómo puede haber un retrato de no se sabe quién?
Un retrato debe ser de alguien, me enseñaron en la escuela. Debe ser de Sosostris o de Julepe o de Smith o de Tiedemann. No puede ser de no se sabe quién. Pero esas caras, esas cabezas de estupor y de azoro siguen saliéndome de la cabeza, minervinamente, siguen proyectando sus rostros desde mi propio rostro, sin decirme sus nombres o sus señas.
Mírame. Mira esas cabezas, esas expresiones de asombro trascendental. Son quienes han conquistado la inmanencia, se han apoderado de las magnitudes y los perfiles, de las determinaciones y los impactos.
Mira a todas estas personas en sus pedestales mínimos. Sólo quiero verlas, sólo quiero que las veas, que las mires. Quizá de esa manera comprenderemos algo, tú y yo.
David Huerta
Ciudad de México, enero de 2007
*Ana Rosenzweig
Ciudad de México, 1956.
Autodidacta. Desde 1985 hasta la fecha participa en diversos talleres de dibujo de figura humana. Comienza a trabajar con barro en el 2001. En 2004 reside como artista en Guldagergaard, Dinamarca, con el proyecto Marca de agua en el que se plantearon una escultura y un poema como unidad. Allí también aprende a tornear.