La obra de Sixto Aguilera no deja indiferentes a quienes exigen la belleza y la seducción en las artes plásticas. Como si de una valla publicitaria se tratara, el artista teje, a base de finas capas, una superficie porosa que incita al tacto. El deleite visual se comprueba cuando el ojo reconoce el reclamo de símbolos provocadores –pechos de goma, redes de viejos encajes, etiquetas de moda -. A esta primera fase de simple hedonismo, le sucede un segundo episodio ligado a la razón práctica, también llamado conocimiento. Sixto es consciente de que los recortes de prensa no sólo crean un efecto óptico sino que el espectador, curioso por naturaleza, se detendrá algunos segundos en la lectura.
Sixto Aguilera nació en Paris pero vive y trabaja en Vitoria. Desde joven se inició en el oficio de la pintura de forma casi autodidacta. Años más tarde, consiguió licenciarse en Bellas Artes. Extraemos por sus palabras que concibe la pintura como un acto primario, es decir, una voluntad irracional que le impide ejercer otra profesión distinta. Necesita la pintura como sustento vital. De su larga trayectoria profesional, destacan las numerosas exposiciones en ciudades como Vitoria, Bilbao y Barcelona. Por ende, algunas de sus obras han sido adquiridas por el Museo de Bellas Artes de Vitoria.
La serie que en esta ocasión presentamos compone un bello friso de pasiones secretas. Un amalgama de emociones callejeras, de sentimientos cotidianos que se funden en collages pensados a la manera de un álbum de recuerdos. Al fin y al cabo, la obra de Sixto es heredera de una sociedad kitsch, interesada por lo más pretensioso y opulento. Sin embargo, su estética embriagadora cautiva ya que como bien ha anotado Alfonso, director de Catarsis, la obra está realizada “desde el trajín de la sorpresa”.