En su segunda exposición en la Galería Helga de Alvear Prudencio Irazabal presenta obras realizadas en los dos últimos años. Nacido en Puentelarrá, en Alava, en 1954 su trayectoria profesional queda marcada por la pintura americana al instalarse en el país a mediados de los años 80. Expone periódicamente en Nueva York, ciudad en la que reside, Los Angeles o San Francisco.
Su obra se centra en las características propias de la pintura abstracta teniendo muy en cuenta lo acaecido en las últimas décadas. Esto no quiere decir que siga ningún canon oficial sino que, de hecho, en ciertos aspectos, su obra va en contra de algunos de esos postulados. Sin embargo parte siempre de una decisión muy clara y meditada que tiene su origen en un profundo conocimiento de esas mismas teorías.
Sin duda el rasgo más definitorio y también reconocible del trabajo de Prudencio Irazabal es la importancia y el tratamiento del color. Este es el motivo central de su obra y el protagonista absoluto. Un profundo análisis de la percepción le permite realizar con maestría el paso de uno a otro, que ocurre de manera casi imperceptible pero definitiva. Es una estética que prescinde de la forma como símbolo y que se ha relacionado en varias ocasiones con la estética derivada del uso de las nuevas tecnologías.
Otro punto fundamental es el valor que otorga a la superficie del cuadro: ésta obtiene una profundidad engañosa que se pronuncia o desaparece según el punto de vista. Las capas de pintura no crean ningún relieve, no son “cuadros matéricos” en el sentido tradicional del informalismo, sino que el artista, de hecho, reafirma lo plano de la superficie pintada. Irazabal renuncia definitivamente a la tridimensionalidad en el lienzo, tanto a la ilusoria como a la real. En este mismo sentido hay que destacar la importancia que da al acabado de las obras que enfatiza aún más lo plano al tiempo que convierten al cuadro en un objeto exquisito. Esto, a su vez, se pone en relación con la concepción que el artista tiene de la pintura: como una celebración del acto de pintar y de contemplar.
En sus nuevos trabajos en esta exposición cabe destacar una mayor presencia del dibujo que afecta al color en una configuración que Irazabal describe como “escultórica”: “Las capas finales revelan ahora sus bordes y constituyen una referencia al carácter mediatizado de la percepción. Este ver a través de, que ha sido siempre un concepto esencial en mi trabajo, se hace evidente mediante la individualización de alguna de las capas finales. Estas emprenden un recorrido que solo aparentemente tiene lugar en la superficie, pues mediante un calibrado juego de resonancias los colores de estas capas finales se introducen en los espacios inferiores, de donde hacen aflorar a otros y provocan un continuo movimiento de la mirada de atrás adelante.”