La galería May Moré presenta, del 6 de mayo al 17 de junio, una serie de trabajos realizados últimamente por el artista asturiano Luis Fega. Además de su pintura habitual en los últimos años, basada en amplios trazos gestuales sobre los que superpone diversas estructuras geométricas de color, nos presenta el artista en esta ocasión otra serie de cuadros que apuntan a nuevos planteamientos, en los cuales la pintura se vuelve menos caligráfica, mas colorista, y en los que la tonalidad y la mancha recuperan terreno. En ellos desaparece la dicotomía geometría - gesto y el fuerte contraste de color tan habitual en la pintura de Luis Fega, basado en numerosas ocasiones en el uso exclusivo del blanco y del negro, dando paso a una mayor complacencia en la búsqueda de armonías.
Parece como si con estas nuevas obras estuviese reclamando el pintor, por lo menos de momento, un espacio de mayor sosiego, un modo de trabajo más tranquilo, más apacible. Son cuadros joviales que transmiten el placer de lo pictórico, el gusto por la tradición de la pintura. El trazo más vibrante, realizado con recorridos breves de pincel, permite una ejecución más continuada en el tiempo, menos dependiente de la explosión emotiva del momento con las dificultades añadidas que este modo de actuar supone.
Por otro lado, con el fin de evitar fáciles asentamientos, y para ampliar en la medida de lo posible su horizonte creativo, Luis Fega viene realizando de unos años a esta parte en paralelo a su trabajo pictórico habitual, otro tipo de obra que parte de planteamientos diferentes y de la cual podremos ver una amplia muestra en esta exposición.
Se trata en realidad de lo que bien podríamos denominar como pintura expansiva. Aquí, el rectángulo delimitador se rompe para dejar que las formas invadan el espacio, permitiendo a su vez que los distintos elementos constituyentes del cuadro adquieran mayor grado de libertad en sus posibles combinatorias. En realidad son objetos próximos a la escultura, realizados con la visión de un pintor. Piezas espontáneas, construidas con dosis altas de libertad y que dejan a un lado intenciones narrativas e innecesarios discursos justificativos. Simplemente remiten a ellas mismas y en todo caso a la Historia del Arte.
Son obras formalistas, en las que lo importante está en su dicción, en el modo de decir. De algún modo, pretende el autor con estos encuentro casuales o maridajes forzados, rediseñar las relaciones existentes entre las cosas, neutralizar las representaciones que los conceptos nos dan del mundo para que podamos adentrarnos en una realidad diferente.
En varios de estos trabajos siguen apareciendo reminiscencias de su pintura, logrando que convivan en armoniosa sintonía lo emotivo y lo racional, la geometría y el gesto, además de otros diversos pares de intencionadas antinomias. Emplea para su realización, materiales encontrados, previamente usados; desechos a los que les otorga otra dimensión, un nuevo rango; los cuales al ser portadores de las marcas que el paso del tiempo y el uso han dejado en su superficie, contribuyen desde sí mismos de un modo activo al enriquecimiento de lo creado.
En definitiva, con este tipo de trabajo, pretende el autor, lograr una obra vital, imaginativa, sincera y bella; pero de una belleza, que nada tiene que ver con determinadas proporciones objetivas ni tampoco con la pertenencia a cánones concretos ni a estéticas de moda, sino, con la libertad imaginativa que procura lograr conexiones inéditas entre la sensibilidad y el entendimiento, entre el espíritu y la naturaleza.