La esfera celestial de lo geométrico, con sus intemporales formas arquetípicas, se contrapone al espacio terreno, donde la materia está sometida al transcurso implacable de un tiempo que la obliga a germinar, crecer, transformarse y perecer.
La evocación del mundo ideal se hace visible en la sala dando forma a esculturas metálicas, de superficies limpias, recortadas, plegadas y soldadas siguiendo un patrón geométrico y a la vez vagamente orgánico, como vegetal. El color que las recubre contribuye a hacerlas parecer ingrávidas, como criaturas angélicas y eternas.
El plano terreno y temporal aparece capturado en fotografías, construidas sobre las formas intrincadas de la materia, modelada y erosionada por el flujo del tiempo que la hace existir. Lo minúsculo altera su escala y se convierte en un paisaje que invita al espectador a explorar territorios desconocidos.
Quizás ese espectador intuya que los dos mundos son manifestaciones distintas de uno solo, y que en la intersección entre espacio y tiempo, ambos comparten una oculta raíz común.