El anuncio de que Susan Philipsz había ganado el Turner Prize –para una pieza de sonido que consta de su propia voz que canta un lamento escocés sobre las aguas negras del río Clyde, en Glasgow– era algo posible pero inesperado, después de que sonara en todas las quinielas la española Ángela de la Cruz como gran favorita.
Sin embargo, ya es oficial, y los montajes auditivos de Philipsz han desbancado a la española en una edición del Turner considerada unánimemente como la vuelta a las propuestas clásicas.
Philipsz, aún así, es arriesgada, y en sus propuestas ha recurrido a canales tan diversos e innovadores como los altavoces de los supermercados. El Turner se concede anualmente a un artista menor de 50 años que, independientemente de su nacionalidad, haya exhibido sus trabajos en el Reino Unido en los últimos doce meses.
Philipsz, de 45 años, es la primera persona en la historia que obtiene el premio sin tener creado nada que se pueda ver o tocar. En cambio, ella esculpe su propia voz. Las instalaciones efímeras de Susan Philipsz exploran las posibilidades infinitas de la escultura sonora, la experiencia física de lo intangible, del espacio y de la recolección de memorias. Graba su propia voz que canta a capela en ubicaciones no habituales, transformando con el sonido el encuadre arquitectónico y la percepción del paso del tiempo.
Competían como finalistas del premio artistas como Dexter Dalwood, cuyo contemporáneo trabajo está enraizado en la historia de la pintura tradicional;
Ángela de la Cruz, que trabaja en la intersección entre pintura y escultura y el Grupo Otolith, cuyo trabajo se presenta a menudo en films. Cada uno de ellos recibirá 5.000 libras de premio. La ganadora de este, siempre considerado polémico premio, recibirá 25.000 libras.