La fotógrafa Isabel Muñoz presenta en esta exposición su particular visión sobre las Maras o pandillas salvadoreñas para tratar un tema más amplio: la violencia. Para ello, viajó durante el 2006 a El Salvador para fotografiar a los protagonistas. Su trabajo consistía en no establecer juicios sino en ir, ver, conocer, intentar comprender, mirar y reflejar, para contar, la realidad del fenómeno de las pandillas en este país. En tan sólo dos viajes ha logrado algo que pocos fotógrafos han conseguido: poder trabajar dentro de las cárceles en un contacto directo con los presos.
En su búsqueda, casi intromisión en un mundo cerrado pero no impermeable a la realidad de detrás de los muros del penal, Isabel ha conseguido que le cuenten sus historias, que le expongan sus razones sin haberlo pedido, a través de las marcas en su piel, de los tatuajes y de las cicatrices. La piel convertida en el diario de su vida y de su manera de entenderla como la única condición necesaria para morir o ser matado. Su concepción de la muerte como algo tan presente y probable, nos habla entre otras muchas cosas de la fragilidad de la vida y se muestra a través de una imaginería en la que el demonio como encarnación del mal y la muerte conviven con escenas de sexo y con referencias tan personales como el retrato de un hijo o el nombre de la persona amada aparte, claro, de todos los símbolos de pertenencia/identidad de la mara.
Enlaza este tema con el de las tribus etíopes, que constituye quizás, el más conocido de la fotógrafa. Desde esa manera de mirar, de escudriñar los secretos que se esconden debajo de la dermis, descubrió Isabel un modo de mostrarse a los otros tan singular como creativo en unas gentes que no contaban con ningún tipo de referente cercano a la moda o a cualquier otro imperativo estético. Contaban con su propia estética y la habían ido construyendo e imaginando para mostrar quiénes eran a través del cuerpo y de su manera de adornarlo. El componente de pertenencia a un grupo se hacía evidente en los rasgos comunes a todos que servían para aunar dentro del grupo y para establecer una separación con respecto a otras tribus. Esta misma característica tribal es la que Isabel Muñoz encontró en la mara. La mara como tribu. Y la mara y la tribu como lenguaje, como código de comunicación sólo descifrable para los que pertenecen a ella. De ahí el valor de estas imágenes que nos permiten entrar, una vez más, en un mundo cerrado, protegido bajo sus propios códigos y mostrárnoslo estableciendo el único juicio que un fotógrafo como Isabel Muñoz puede hacer: aquel que exige esa incansable búsqueda de la belleza incluso donde nadie quiere verla.
En este trabajo Isabel Muñoz ha logrado algo inusual, moverse dentro de las cárceles en contacto directo con los presos, y que éstos le cuenten sus historias en primera persona, a través de las marcas en su piel. El resultado es un catálogo de rostros inquietantes, atrapados en la telaraña de sus cuerpos tatuados: calaveras, cruces gamadas o tumbas cinceladas, representan unos códigos secretos que no entendemos, pero que perturban. "Isabel Muñoz ha realizado su trabajo con humildad, curiosidad y respeto por los personajes retratados".
Además se presenta un vídeo en el que se explica el proceso de trabajo y donde se pueden ver las condiciones de las cárceles salvadoreñas.